El capital social como remedio a la pobreza.

Cuando la respuesta a la emergencia activa las organizaciones familiares.


Sara Nanetti, Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Católica del Sagrado Corazón


Observar la familia a través de la lente del contexto social nos permite comprender su identidad y su papel público. Desde un punto de vista histórico, la familia ha contribuido a la prosperidad demográfica, pero también económica, cultural y social del país. Parafraseando la conocida expresión del papa Francisco: el potencial generativo de la familia no se agota en ella, sino que se extiende a la capacidad solidaria de salir de sí misma, convirtiéndose en un nexo de integración de la persona con la sociedad, así como en un punto de unión entre lo público y lo privado (AMORIS LÆTITIA, 181). Esta generatividad puede resumirse bien en términos de un "capital social" que, partiendo de los vínculos de cuidado y reciprocidad parental, se extiende a la sociedad.


Sin embargo, las familias no siempre están en condiciones de desempeñar un papel activo y generativo, tanto por razones internas como externas. En el primer caso, se observa cómo los vínculos entre sus miembros pueden romperse, corroyendo la generatividad del núcleo, así como su impacto en la realidad social de referencia. En el segundo caso, el contexto cultural, político y económico puede reducir o aniquilar la relevancia pública de la familia. En estos casos nos enfrentamos a una forma particular de pobreza que afecta a la identidad y las relaciones de la familia. Cuando las familias rompen ese círculo virtuoso de reciprocidad y cuidado con el entorno formado por personas e instituciones; cuando se pierde la confianza de sus miembros en el contexto humano y social; en otras palabras, cuando se detiene la generatividad de la familia, reduciendo drásticamente sus recursos relacionales, nos encontramos con una pobreza a menudo oculta y difícil de medir.


El perfil de esta pobreza muestra una estructura familiar predominante en el contexto italiano: se trata de familias con niveles limitados de capital social (confianza mutua, cooperación, solidaridad y reciprocidad), bajos niveles de empleo y estatus, baja propensión a la lectura y a la participación religiosa o política. Al iniciar un círculo vicioso, la pobreza identitaria y relacional de las familias se alimenta y se nutre de una pobreza económica y cultural más extendida. Esta condición tiene un impacto significativo en la percepción del bienestar y la satisfacción familiar, produciendo un malestar que, partiendo de la familia, afecta al contexto social de referencia.

A fin de identificar más plenamente el potencial regenerativo del capital social de la esfera familiar, puede ser útil ilustrar un caso de buena práctica constituido por la acción de las familias para hacer frente a una forma particular de pobreza relacional.


El Proyecto Andrea (Progetto Andrea) nació en 1995 con la intención de humanizar los servicios relacionados con la hospitalización pediátrica. Esta experiencia tiene por objeto dar respuestas eficaces a las necesidades relacionales de los niños y sus familias. En los casos de hospitalizaciones prolongadas, las necesidades relacionales se vuelven particularmente agudas debido a la rarefacción de los vínculos, el aislamiento, el miedo a la enfermedad y la ausencia de los amigos y compañeros.


El Proyecto se basa en un pacto de solidaridad entre los padres de los niños hospitalizados, los trabajadores de la salud, las autoridades locales, una asociación familiar (la Asociación Italiana de Padres de Familia, A.Ge.), otras asociaciones de voluntariado y el mundo escolar. En la Unidad de Pediatría del Hospital se celebraron reuniones semanales entre los diferentes actores involucrados (trabajadores de la salud, niños hospitalizados, sus padres y voluntarios) con el fin de identificar los aspectos problemáticos del proceso asistencial. Mediante la elaboración de una estrategia de solución de problemas, ha surgido la necesidad de una colaboración más estrecha entre los principales agentes implicados: las familias y las instituciones sanitarias. Las áreas sujetas a posibles mejoras son: el trauma psicológico de los niños, la acogida de la instalación, los servicios y la restauración. La identificación de los ámbitos de intervención permitió reorganizar el servicio de atención desde el punto de vista relacional, situando en el centro de cada servicio la relación entre la familia (paciente) y la institución sanitaria (trabajadores). Para ello, se ha transformado tanto el proceso de recepción como los espacios y el entorno, prestando especial atención a los aspectos psicológicos.


En la transición de la aceptación a la recepción participaron trabajadores, familias y voluntarios en reuniones de escucha, grupos de sensibilización sobre la importancia de las relaciones interpersonales y reuniones temáticas. Se introdujeron decoraciones de carácter estructural, se iniciaron protocolos de información, itinerarios y reuniones con voluntarios para humanizar la entrada del niño y su familia en la unidad.


La adaptación del espacio y el entorno ha transformado tanto los servicios como la restauración. Mediante la introducción de colores en las habitaciones y zonas comunes, la adopción de sillones para los padres, el suministro de batas y sábanas de colores, la creación de una sala de juegos para los niños, la adopción de una cocinilla y una sala de estar con un baño para los padres, el hospital adquirió un aspecto más familiar.


La sinergia entre las organizaciones de voluntarios, las asociaciones familiares, las familias y los trabajadores de la salud ha permitido, por lo tanto, humanizar el proceso asistencial, mediante una redefinición de la situación. Se ha llevado a cabo la transición de un no lugar, burocrático y técnico, a un lugar de vida, psicológica y relacional.


Director General del Área de Salud de Latina

Nuestra intención es humanizar la hospitalización de los niños, la unidad ha sido concebida como una casa-escuela, un entorno no hospitalario en el que la presencia de los padres es constante. Incluso tenemos una pequeña cocina gestionada por las familias de los pacientes. Todo esto con el objetivo de no traumatizar al niño, recreando en la medida de lo posible un ambiente familiar. Sin duda, las Asociaciones de Voluntariado, muy activas en nuestra empresa, han hecho una gran contribución.

A lo largo de los años, clínicas universitarias, hospitales, institutos de investigación y de atención se han unido al proyecto, formando la Red de Hospitales de Andrea. El Proyecto Andrea permite ver en acción la generatividad social de la familia a través de la reorganización de un nuevo sistema de asistencia y servicios formulado a través de la participación directa de los sujetos involucrados. La intervención de las familias en el proceso de reorganización ha dado un nuevo significado cultural y organizativo a la estructura preexistente, extendiendo la forma de relacionarse dentro de las familias al contexto hospitalario.


Incluso en la condición de extrema fragilidad, causada por la enfermedad, la familia, situada en el centro de una cultura de vínculos, ha dado expresión a su identidad generativa.


Esta capacidad de actuar y de exportar la forma típica de la relación familiar por parte de las familias-recurso puede convertirse en un antídoto para la lucha contra la pobreza relacional de las familias en dificultades, puestas a prueba por acontecimientos demasiado complejos y perturbadores, como bien está poniendo de relieve la actual pandemia.


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