La nota de Family International Monitor sobre el Covid19

D. José Luis Mendoza Pérez, Vicepresidente Ejecutivo D. Antonio Rizzolo, Vicepresidente Científico Mons. Pierangelo Sequeri, Vicepresidente Académico





En esta extraordinaria circunstancia generada por la pandemia del Coronavirus a nivel mundial, el Observatorio Internacional de la Familia también se ha visto directamente afectado por los cambios radicales que la pandemia ha desencadenado. En particular, dentro del objetivo más general de leer el papel de la familia en la humanización de la sociedad contemporánea, el Observatorio Internacional de la Familia está tratando el tema de la familia y la pobreza en el trienio 2019-2021, considerando los aspectos de la pobreza relacional (con un primer informe en 2020) y de la pobreza económica y estructural (con un informe final en 2021).

Por lo tanto, algunos temas nos preocupan particularmente en esta transición forzada, que ha exacerbado aún más algunas cuestiones críticas en la interacción entre las relaciones familiares y la vulnerabilidad social, económica y relacional, pero que al mismo tiempo ha revelado con mayor claridad la increíble capacidad de resiliencia de la familia, en todas las latitudes, incluso bajo las tensiones más complejas y dramáticas.


  1. La estrategia de distanciamiento social ha llamado a cada núcleo familiar a "encerrarse en casa", tanto para proteger a sus miembros como para prevenir la propagación del contagio. Muchos territorios han estado confinados durante largas semanas, y aún hoy, la mayoría de las naciones más afectadas ven a las familias en "encierro involuntario". Es decir, la colectividad ha confiado a la familia una tarea decisiva para el bien común, pidiendo que cada casa se convierta en un "lugar seguro". Esto ha obligado a las familias a recuperar el tiempo juntos, con una convivencia codo con codo mucho más estrecha que antes, con una intensa vida cotidiana, con papeles educativos llamados una vez más a la primera línea, con hijos adolescentes obligados a quedarse en casa, confiando a las relaciones digitales aquellas relaciones sociales entre semejantes que antes se consideraban indispensables. El primer recurso que se puso en juego, pero sobre todo se puso a prueba, fueron por lo tanto precisamente las relaciones familiares, su resistencia, aguante, solidez y flexibilidad. Al final de la emergencia muchos probablemente atesorarán la belleza de la proximidad familiar experimentada, pero para muchos habrá una necesidad de ayuda, apoyo relacional, reparación de conflictos y enfrentamientos relacionales que la proximidad forzada seguramente habrá generado. Sería un grave error no apoyar a las familias y sus relaciones, en el no fácil camino hacia una normalidad que ciertamente "no será igual que antes".

  2. Un segundo elemento, también ligado a la vinculación entre las relaciones familiares y la vivienda, hace referencia al hecho de que en muchos contextos territoriales y en muchas culturas, la casa como tal, en sus elementos arquitectónicos, a menudo es solo un espacio de protección física, es precaria, carente incluso de servicios esenciales, con espacios estrechos, repletos de gente. Una cosa es estar "encerrado en casa" en un chalé con jardín, y otra es estar "obligado al encierro" en una chabola de las megalópolis africanas o sudamericanas (que también existen en el rico Estados Unidos o la rica Europa), donde "en casa" se puede dormir como mucho. Hay zonas enteras del planeta donde la familia "vive fuera", en los espacios comunes de la comunidad del pueblo; y en ellas, las estrategias para contener la pandemia ciertamente no pueden ser las mismas que las adoptadas en las metrópolis de Lombardía o en los chalés de los distritos residenciales de Estados Unidos.

  3. Los datos a nivel internacional parecen confirmar que la pandemia ha podido extenderse sobre todo en los países y pueblos donde las relaciones intergeneracionales son más intensas y frecuentes. Es decir, donde los ancianos tenían un trato más intenso con sus hijos adultos y sus padres ancianos, "corrompiendo" esas relaciones de cuidado y solidaridad, el virus se ha transmitido, golpeando con mayor fuerza a las poblaciones más vulnerables (por estado de salud o por edad). Así, la pandemia nos ha obligado a la paradoja del distanciamiento social: por el bien del otro, la estrategia más efectiva es el distanciamiento, el no contacto físico, la distancia, incluso en las relaciones más íntimas. También hemos tenido que aprender con mayor conciencia que el bien de los demás también se logra sin relaciones directas, simplemente respetando las reglas del bien común impersonal (no salir de casa, para no aumentar el riesgo de contagio, por uno mismo pero sobre todo por los demás).

  4. A nivel local, la pandemia ha afectado a los más frágiles, no solo desde el punto de vista de la salud individual (las personas mayores, los enfermos graves, los discapacitados), sino también a los que ya se encontraban en una situación grave de precariedad y vulnerabilidad social, económica y sanitaria. Las personas sin hogar, las masas de personas urbanizadas en los márgenes de las megalópolis, los ancianos aislados y sin relaciones, o incluso alojados en residencias de baja protección social y sanitaria: todas las personas afectadas por la pandemia, y en muchos contextos nacionales sin siquiera entrar en la contabilidad epidemiológica de la pandemia. ¡Cuántos niños han quedado sin adultos de referencia, aparentemente salvados de la pandemia en cuanto al riesgo de su vida, pero con gran sufrimiento, sin adultos de referencia! ¡Cuántos muertos abandonados en las calles, quemados en el lugar, enterrados en fosas comunes, sin la mínima pietas hacia la muerte y el luto que creíamos haber conquistado como un nivel mínimo de civilización!

  5. Desde el punto de vista macroeconómico mundial, cabe recordar que el impacto mundial de la epidemia del Coronavirus durará mucho tiempo y tendrá dimensiones muy heterogéneas, dependiendo de diversas variables relevantes. Ya hoy encontramos países que parecen haber salido ya de la emergencia (China en primer lugar), junto con países que se hallan en plena emergencia (por ejemplo, Italia, ciertamente España y Estados Unidos) y países que aparentemente se han salvado de la pandemia, ya sea porque han aplicado convenientemente las medidas de lucha (Taiwán, Corea del Sur), o porque, lamentablemente, se sabe muy poco de ellos (este es el caso de muchos países de África y Asia, pero la también hace referencia a las diferencias en la recopilación de datos y las estrategias de acción entre países similares, dentro de la misma Europa). Esos desfases ya han generado –y generarán cada vez más– crecientes desigualdades y penalizaciones, en la disponibilidad de instalaciones sanitarias para proteger la salud de las personas, pero también en las perspectivas de recuperación/reactivación económica de los diversos sistemas de los países. Ciertamente, los equilibrios económicos mundiales se verán considerablemente modificados después de la pandemia, pero es fácil predecir que difícilmente surgirá un sistema más equitativo a nivel mundial. Es probable que los grandes grupos económicos transnacionales influyan en los recursos de investigación sanitaria, las razones del intercambio económico entre las naciones, las zonas de influencia socioeconómica y política, de una manera que hoy en día es impredecible. Solo la reanudación de la centralidad de los órganos internacionales de mediación política (Naciones Unidas, OMS, entre otros) podría contrarrestar una mayor desigualdad mundial.

  6. Nuestros sistemas de salud y bienestar se han visto sorprendidos y abrumados por la pandemia: algunos han resistido, aunque con dificultad, gracias también al extraordinario compromiso "normal" de los trabajadores de la salud: no son retóricamente héroes, sino personas y profesionales humanamente verdaderos y completos, capaces todavía de resistir en la situación, por su sentido del deber, de solidaridad y de responsabilidad. Otros, en cambio, han mostrado todas sus limitaciones, revelando la facilidad con que la "cultura del descarte" puede apoderarse de las personas, los sistemas de organización y los gobiernos. Es mucho lo que han hecho las ONG, los voluntarios, las organizaciones benéficas religiosas, para aligerar las dificultades de estos sujetos marginados, integrando y apoyando la intervención pública de los sistemas sanitarios, ofreciendo hospitalidad, alojamiento, alimento, apoyo y proximidad a muchos "olvidados". La subsidiariedad en acción, pues. También esto requerirá una profunda reflexión, a nivel local, nacional e internacional, para construir instrumentos de regulación que sepan valorizar la gran capacidad de movilización de la sociedad civil: no como una alternativa a las garantías de bienestar y salud pública en manos de los Estados, sino para hacerla más eficaz, más flexible, más humanizada, más dinámica, más libre y, por tanto, más efectiva. "Para que los últimos no se queden tan atrás".

  7. Por último, la pandemia nos ha obligado a no dar nada por sentado, ni siquiera en términos de cohesión social y solidaridad. Una de las estrategias más eficaces de ayuda y apoyo a favor de los últimos –la proximidad, el contacto directo, los servicios relacionales– se ha visto "fuera de juego". Afortunadamente, la creatividad de voluntarios, organizaciones y trabajadores de las relacionales de ayuda han creado enseguida nuevas oportunidades –por ejemplo, los periódicos de la calle vendidos por los sin techo, puestos inmediatamente a la venta en internet, con un cambio radical de perspectiva. Después de la pandemia, todo el sistema de relaciones de ayuda tendrá la responsabilidad de "atesorar" estas innovaciones para ser cada vez más eficaz en "acercarse" a los que tienen dificultades. Para poder mantener vivas las nuevas formas de apoyo "a distancia", con la expectativa de poder volver a ser, igual y mejor que antes, operadores de contacto, que a través de las relaciones intentan reducir la brecha con los últimos, para que la desigualdad de oportunidades no se refuerce después de esta crisis histórica.

Y así poder volver confiados a seguir las palabras del papa Francisco, cuando nos recordaba: «...cuando usted da limosna, ¿mira a los ojos de aquel a quien da limosna? ... ¿toca la mano de aquel a quien le da la limosna, o le echa la moneda?»

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